Esclavitud de andar por casa

Carmen, 54 años, 10 horas de jornada laboral, 5 días a la semana, a veces más, a veces con la ayuda de su hija: 120 euros a la quincena, sin contratos, sin cotizar. Apara partidas dispares, según lo que venga, en cuyo buque insignia con patente de corso de la indeseabilidad es una bota pagada a 2 euros el par, vendida en América a 800 euros (894 dólares) por la calidad de un zapato español. Eso no quiere decir que todo se pague a ese precio ni que el beneficio para los mediadores sea ese en todos los casos, pero yo quiero hablar en términos de proporciones: como sabéis es un ejemplo real (con un nombre no real), de lo que pasa partida tras partida, temporada tras temporada (con sus variaciones en el precio y en la manufactura necesaria sea de verano o inverno) y año tras año, y dando gracias por esto, casi pedido de puntillas, de que se les tenga en buena consideración para faenar. Y cuando hablo sobre aparado incluyo al trabajo de mano, pues forma parte de esto. No digo que no sea este el patrón capitalista mundial que dirige todos los sectores, pero si a eso se le añade el matiz ilegal se vuelve una condena que se alimenta de la necesidad, que ni de lejos se acerca al salario mínimo interprofesional, y que se ha permitido desde el Ayuntamiento durante generaciones, también cuando no había crisis, por entender que es el “mal menor”. Esto no tiene por qué seguir siendo así porque haya sido así siempre: en la vida nada es inmutable ni eterno, en la vida todo es movimiento. Esto se puede solucionar y se tiene que solucionar en tanto que la gente sigue sufriendo en los talleres sin ver el final, porque la escasa cotización les lleva a una conflictiva jubilación. Este pueblo está lleno de mano de obra experta en el aparado, con un nivel de calidad que ni si quiera se entiende dentro de nuestro contexto local, mano de obra que envejece desilusionada, decepcionada por las condiciones y por el desamparo de la indefensión aprendida, como se dice en Psicología, pero que otras ciudades proliferantes de venta reclama. ¡Ay si esa mano de obra experta se juntase toda ella y entendiese el poder que tiene para cambiar las cosas! ¡Para cambiar las cosas!, sin poros por donde se escapen las plusvalías que se sacan, que se desvanecen entre los procesos de intermediación que alimentan el control en base al miedo, consciente o inconscientemente. ¡Una junta de aparadoras sugiero, sí!, para que controle el precio de su trabajo, adueñándose o no de la mediación, o subsidiándolo, eso no importa, pero que tuviese algo que decir sobre la magia de sus manos, eso sí es urgente dado que las autoridades pertinentes, por ahora, nada harán; dado que aunque acabe la crisis, para las aparadoras, esto no acabará; una asociación que se levantase en pos de la dignidad y el reconocimiento de las generaciones dedicadas a este sector tan bello que es el del zapato, y reclamase lo que es suyo, que se afinase la garganta y dijese en voz alta y clara: “señores, los días de mano de obra esclava se acabaron”. Que nadie os engañe, sin vosotras se termina el negocio. Si nadie apara se paran las fábricas de zapatos y por lo tanto la exportación, pues somos tierra de zapateros. Que no se lleven el dinero y vuestros años. Ánimo, aparadoras, y no olvidéis que la de al lado es vuestra compañera de sufrimento y también de lucha por vuestra dignidad, no la juzguéis y os haréis fuertes; no la juzguéis y seréis libres. Mi apoyo desde el corazón para vosotras, pues sois las que sostenéis este pueblo desde la sombra, a este pueblo y a sus familias. Un saludo del hijo de la Aparadora. “La peor opresión entra por la vida cotidiana”, Federico García Lorca.

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