El desierto y la ciudad roja

En busca de inspiración: El desierto y la ciudad roja

Imagina.
   El manto de arena que lo cubre todo hasta donde alcanza la vista bajo la luz declinante de un sol que se va; varias hileras de camellos acercándose al campamento silueteados sobre las dunas; las alfombras rojas ribeteadas; la noche, que llega.
  Los bereberes cuentan historias del desierto mientras sirven el té. Luego, llegan los primeros repiques de tambores, y la voz profunda del desierto de quien canta, de quien danza dentro del círculo.
La danza se alimenta de tambores y de palmas. La tenue luz de la Luna transparenta los anchos tagelmust bajo el turbante, que se mueven creando formas como en un sueño estroboscópico, mientras se pintan contra la noche, sobre la música, entre las graves voces, que vibran hasta lo más profundo del ser.
   Quiero pausar ese mismo instante. Por estar donde quiero estar, con las personas que más quiero.
   Cierro los ojos —de placer —para guardar ese recuerdo cargado de sensaciones, pues no quiero olvidarlo.
   Nunca.
   Y aún ahora, cuando lo traigo a la memoria me conmueve.
   Han pasado meses y aún puedo recordar vivamente el aroma de las especias del zoco en Djemma El Fna, los colores, el bordoneo constante de la multitud hasta altas horas de la noche, los sabores y texturas intensos —dulces sobre salados —, el nocturno llamamiento al salat, las hábiles tatuadoras de henna, secretos sus rostros, los animales exóticos en mitad de la plaza, las manos encallecidas de las fabricantes de aceite de argán, los jardines de Menara y el Palacio Azul…
   Marrakech, la Ciudad Roja, conserva todas las tradiciones comerciales bereberes y toda la insuperable belleza arquitectónica de un imperio que llegó hasta nuestro norte, y que es tan fácilmente reconocible para nosotros, por nuestra propia historia que estuvo unida por siglos.
   Deambulo por el Palacio de la Bahía escuchando como música sinfónica las historias de la chica que nos guía. Nos señala un precioso techo de almocárabe por aquí, unos segundos, un arco de herradura polilobulado por allá, y pienso que podría estar todo el día mirando cada pilar laboreado y cada techo taraceado de madera, para deleitar mis sentidos con tanta delicadeza y musicalidad en la escultura, que es, en este caso, escritura hecha de cal y yeso, polvo de mármol y alabastro, formando arabescos en forma de plantas que se retuercen sobre sí mismas, como el movimiento de manos de una bailaora flamenca.
   Y los riad, antiguos palacios privados del centro devenidos en hoteles, con una labor en la arquitectura y un esplendor y exuberancia en sus jardines que contienen, en sí mismos, toda la esencia de la cultura y la gastronomía árabe, donde compran hábilmente al turista, a base de agasajos y un trato servil y atento, comentarios en tripadvisor que atraigan a más turistas.
   El Sahara, la kasbah de Aït Benhaddou, los picos de las montañas Atlas, la Ciudad Roja… Todo ello es una poderosa fuente de inspiración para quien cree haberla perdido.
   Y necesita enconrarla de nuevo.

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